No paraba de reírse con todas las tonterías que estaban haciendo sus amigas esa tarde. Estaba desconectando de todo lo que le perturbaba la mente. Nada podría arruinarle el día.
Desde que llegaron Daniela, Yolanda y Raquel, les contó la novedad de esa última semana.
Éstas no salían de su asombro.
Todas, en algún momento de su adolescencia, estuvieron coladas por el canadiense y no paraban de maldecir a su amiga por haber hablado con él y no haberlas avisado para ir ellas también.
Jamás las habría llamado, porque seguramente nunca los habrían dejado hablar seriamente y con tranquilidad.
Además, si ellas hubieran estado nunca se habría enterado de todo lo que le ha pasado a Bruno desde que se marchó, empezando por las llamadas sin respuestas y acabando por Ian.
Aunque Cristal le contó a sus amigas muchas de las cosas que le dijo Bruno, se guardó la información sobre el amor.
Ellas, que eran muy curiosas, le preguntaron si Bruno le había contado si tenía novia, pero ella se limitó a decirles que no le dio tiempo a preguntarle.
Tan cotillas podían llegar a ser, que no se cortaron en pedirle su número de teléfono para averiguarlo ellas por su cuenta. Cristal les dijo que no lo tenía, que desde que se marchó, había cambiado de número.
Se decepcionaron un poco porque, aunque las tres tenían novios, querían saber que era de la vida del guapo y tímido estudiante canadiense que un día apareció en su clase.
Empezaron a recordar ese día, el día que el profesor de música les anunció que tendrían un nuevo compañero.
Todos miraron hacia la puerta para ver a un pequeño jovencito que no aparentaba tener más de once años. Al principio no entendían que hacía ese chico ahí si ellos tenían trece años, hasta que, con un leve tono de voz y dificultad para hablar el español fluido, se presentó."Ho....hola. Me llamo Bruno, tengo trece años y he venido a Tenerife desde Canadá por el trabajo de mi madre."
"¡Un chico extranjero!" o "¡Qué mono intentando hablar español!" fue lo primero que dijeron las chicas de esa revoltosa clase de segundo de la eso.
El profesor invitó a Bruno a que se sentase en un asiento vacío y encontró uno al lado de una chica rubia.
Pero ella no se inmutó de su presencia, ni siquiera lo miró cuando tímidamente le pidió un lápiz. Se lo dejó sin apartar la vista de un dibujo japones que tenía sobre la mesa.
Todas las chicas se intentaban acercar a Bruno para intentar conquistarlo, incluso las tres amigas de Cris, pero él le dio largas a todas.
La única chica que todavía no lo había intentado era por la que estaba esperando.
Después de es momento de vuelta al pasado, la música en el piso de Cris aumentó y todas dejaron sus pensamientos a un lado y empezaron a bailar (o a saltar sin más, no se sabía muy bien cual de las dos era).
Ya había anochecido y Cristal invitó a sus amigas a que se quedaran a dormir ahí.
Pidieron unas pizzas, hicieron unas palomitas y empezaron a ver una película, pero a mitad de la mejor escena, el teléfono de Cris sonó.
Sus amigas rechistaron y ella se tuvo que marchar a la cocina para hablar sin que volaran cojines cerca de su cara.
Era Eric.
¿Qué le pasaría para que llamase a esa hora y con ese tono de voz?
Aprovechando que estaba en la cocina, cogió un vaso y lo llenó de agua, pero al Eric contarle lo ocurrido, éste se cayó al suelo.
El estruendo alertó a las demás chicas, que pararon la película y fueron a ver lo que había pasado.
Vieron a su amiga, petrificada, con el móvil en una mano, separado de su oído y unos cristales muy cerca de sus pies descalzos.
Desde el teléfono podían oír gritos de Eric, que se había asustado al oír el estampido y no paraba de preguntarle a Cris qué había ocurrido.
Viendo como estaba su amiga, Raquel le quitó el móvil de la mano para tranquilizar a Eric, mientras que Daniela y Yolanda se aseguraban de que Cristal no se había cortado.
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